EL SALÓN DE OTOÑO DE PARÍS EN SARRIA

Fecha 2008/6/14 1:31:32 | Tema: Salon d'Automne (Grand Palais Paris) en Sarria 2008

Para los adolescentes de mi época, París era una ciudad mágica, que anhelábamos conocer.

Era la ciudad de la Catedral de Notre-Dame, del Palace de Luxemburgo, del Louvre, de la Torre Eifffel, del Arco de Triunfo, de los Campos Elíseos, de Place Vendôme, del cementerio del Padre Lachaise, de la Sorbonne, de Montmartre, de Place Pigalle, del barrio de Montparnasse, del Latino, de las “caves de Saint Germain des Prés”, y, singularmente, de la “Belle Epóque”, de nuestra guapísima paisana Carolina Otero, de Mistinguette, del “Moulin Rouge”, del “Chat-Noir” y del Café “Les Deux Magots”, donde mantenían una tertulia cotidiana Albert Camus y María Casares con otros intelectuales y artistas en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. También, de Brigitte Bardot, de la que todos los muchachos de entonces estábamos enamorados. He tardado demasiado en conocer esa ciudad. Es cierto que he visitado el sur de Francia con frecuencia, tanto el país vasco-francés, como el catalán, en mis años mozos, especialmente por mi afición a la cinematografía, vedada entonces por la censura de determinadas películas en España ; Biarritz, San Juan de Luz y Bayona, de una parte, y Canet-Plage y Perpiñan, de otra, saben de mi presencia en sus salas de cine, cafés y restaurantes. También, he recorrido, en un viaje en automóvil, acompañado por mi esposa, la Costa Azul, y me impresionó la maravilla de sus paisajes, sus villas, y, en definitiva, unos lugares donde se concentraba el “glamour” mundial.

Pero no era lo mismo.

París es diferente.

Con frecuencia, recuerdo cuando, al final la película “Casablanca”, el protagonista, Humprey Bogart, le dice a su amante, Ingrid Bergman, ante el desenlace de su relación sentimental, y como un alivio a la tristeza de ambos, la frase de “siempre nos quedará París”. El guionista fue certero. Al fin llegué a París, cuando la treintena de mis años estaba a punto a agotarse, y quedé entusiasmado. Superaba con creces lo que me imaginaba. He vuelto a París en muchas ocasiones y siempre me asombraba algo novedoso : un monumento, una calle, una fuente, unos jardines, una tienda, un escaparate, una galería o un rincón cualquiera investido de “caché”.

París es una maravilla.

Un amigo sarriano, el Procurador de los Tribunales Manuel Somoza Castro, en una de nuestras innumerables conversaciones, me dijo que si fuera una persona adinerada, sin duda fijaría su residencia en París ; yo le pregunté : “¿y por qué no en New York ?”, y Manolo me respondió : “nosotros, por nuestra cultura, tenemos que vivir en Europa, y dentro de ella, el rango comienza en París”.

Manolo Somoza tenía razón.

Voy a pasar a una perspectiva distinta.

Desde otra óptica, París era el punto de encuentro de artistas de todo el mundo, quienes consideran que sin el beneplácito de esta ciudad, el éxito es de imposible obtención a escala mundial.

Un ejemplo claro de este posicionamiento, ha sido Pablo Picasso, el artista que dominó todos los horizontes de la pintura en el siglo XX. El mundo del arte facilitaba allí una gran variedad de exposiciones. Los habitantes de la ciudad disfrutaban de ordinario de obras de pintura y escultura que solo estaban a su alcance.

He conocido a amigos que visitan París cada año solo para examinar despacio los lienzos de los “pintores impresionistas” (Monet, Manet, Degas. Renoir, Cézanne, Susley, Bondin, Legrand, Pissarro, Tolouse-Lautrec, Gauguin, Anquetin, etc.), y, además, dedican una mañana a pasear por las salas y pasillos del Louvre, con la finalidad de reforzar su memoria con lo ya visto por ellos tantas veces. Por otra parte, en lo que aquí nos ocupa, desde hace muchos años, el Salón de Otoño de París goza de gran prestigio y popularidad. Los expositores saben que su éxito en este encuentro supondrá el alcance de niveles internacionales. Un día de un año no muy lejano, el escultor José Díaz Fuentes, mi amigo desde la infancia, me comunicó que tenía el propósito de traer a Sarria una parte de la exposición del Salón de Otoño de París de aquella temporada.

Supuse que se trataba de una broma.

No era así.

Pepe me habló de la UNESCO, de la Xunta de Galicia y del Ayuntamiento de Sarria como posibles apoyos a su idea, con tal entusiasmo que llegué a la conclusión de que sus intenciones se plasmarían en la realidad en un pueblo como el nuestro, aunque ubicado en el Camino de Santiago, poco conocido en Europa, salvo por los peregrinos.

Pepe Díaz Fuentes movió Roma con Santiago y consiguió exhibir las obras del Salón de Otoño en la Casa de la Cultura de Sarria, y como París “bien vale una misa”, según dijo Enrique II al convertirse al catolicismo como “condicio sine qua non” para obtener la corona de Francia, las obras del Salón se expusieron después en el precioso claustro del Convento de la Magdalena.

He visitado, desde el principio, todas las exposiciones de las obras del Salón de Otoño de París exhibidas en Sarria.

A veces, me imagino que las contemplo en la Santa Capilla de París, que, por arte de magia, se ha trasladado a Sarria.

Muchas gracias, Pepiño, y como, ya próximo el amanecer, decimos en las fiestas y bailes de nuestro pueblo, “que no decaiga”.

ROMÁN GARCÍA VARELA


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